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Hacer amistades verdaderas


Hacer amigos una vez llegada la edad adulta no resulta tarea fácil, aunque vale la pena intentarlo. No te hablamos de simples conocidos o vecinos con los que se mantiene una conversación de ascensor o de puro trámite, sino un amigo íntimo con el que se pueda entablar una conversación enriquecedora y plena.

¿Cómo hacer buenos amigos?

A continuación, te facilitamos unas breves directrices que te ayudarán a conseguir buenas y sanas amistades.

  • Creer que los buenos amigos son para siempre es incierto. En ocasiones, las relaciones se rompen por diversos motivos y siempre es mejor, antes que forzar situaciones, emplear tus habilidades sociales en hacer nuevos amigos.
  • No intentes ser alguien que no eres, y menos todavía para complacer a los demás. A la larga, perjudicará tus relaciones debido a dar unas expectativas irreales.
  • Procura ser receptiva a tu entorno. Con ello conseguirás que otras personas sepan de tus intereses (culturales, deportivos, cívicos, etc). Compartir ideales une de una forma muy beneficiosa y fomenta una interrelación plenamente satisfactoria que incluso pueda contribuir a alejar el estrés, la ansiedad y la depresión de tu vida cotidiana.
  • Si la timidez impide esas formas de contacto, no te apresures, ves poco a poco e intenta incrementar el interés por los demás; verás cómo el comportamiento hacia ti va cambiando. Una sonrisa, un elogio, unas frases adecuadas y a tiempo son trucos muy bien recibidos y que abren puertas que se creían cerradas.
  • Aprende a escuchar. Tómate tu tiempo y procura no ser invasiva. Eso da mucha confianza y seguridad. Ten en cuenta que no siempre se consiguen los objetivos fijados y no seas demasiado exigente contigo misma ni tampoco te eches la culpa de tus fracasos.

En la mayoría de los casos, si tratas a los demás como te apetecería que te tratasen a tí, ¡tendrás el éxito que esperas!

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Adictas al amor


A quienes hayan visto la película Antes del Amanecer, dirigida por Richard Linklater, les resultará muy familiar la frase de Jesse en la que confiesa a Céline que no hay nada más egoísta que el amor. Asegura que sentimos esa necesidad de tener pareja, precisamente para no sentirnos solos. Bridget Jones también estaría muy de acuerdo. Si lo pensamos bien, tardó dos películas enteras en casarse con el amor de su vida y ser, por fin, feliz.

¿A qué se debe esta obsesión por el amor?

Muchas mujeres sólo piensan en encontrar novio, en casarse y en tener hijos. A Bridget Jones le atormentaba que sus padres y el resto de su entorno le preguntasen sobre su soltería. Y si nos vamos al ámbito real, Britney Spears cayó en depresión tras contraer matrimonio con un hombre que no estaba a su altura, y tener hijos con él, simplemente por el hecho y por la idea del matrimonio y de tener bebés. ¿Quién nos ha hecho pensar que no podríamos ser felices de ninguna otra manera?

Parejas

La adicción al amor se llama también codependencia, y lo sufren en su mayoría mujeres. Confunden el amor que creen sentir, con una adicción y obsesión total por el otro. La mujer es, por ende, incapaz de salir de una relación sentimental que no le está haciendo feliz. Porque cree que si no tiene a ese hombre en su vida, su mundo no tendría sentido, no tendría nada, llegaría a su fin, estaría completamente vacío. La mujer en cuestión lo da todo por ese hombre, tanto que es muy posible que incluso llegue a perder su propia identidad en el camino.

Temor a perder a nuestra pareja

Miedo a la soledadEl temor a perder a nuestra pareja y a vivir solos nos impide poner fin a una relación que nos está haciendo daño. La mujer, además, se engaña a sí misma y no logra reconocer su problema. Su pareja es su prioridad, la persona más importante de su vida. Procura pasar el mayor tiempo posible con él, llegando incluso a descuidar a sus amistades, e intenta controlarle en la medida de lo posible con llamadas constantes o mensajes al teléfono móvil. Son celosas, posesivas, y muy sensibles a las críticas o al abandono. Presienten siempre una posible ruptura, y son muy inseguras con la relación puesto que dependen de ella, la necesitan. Por lo general, en estos casos de dependencia la relación sólo tiene su fase buena y positiva en el comienzo. Muy pronto llegan los problemas y las inseguridades, los cuales no inquietan tanto a la adicta al amor: lo que le preocupa es mantener a su pareja con ella, que el noviazgo no llegue a su fin.

Están traumatizadas con la idea del abandono y, si éste llega, intentan reemplazar a la pareja por otra inmediatamente.

Las adictas al amor están enamoradas de la idea del amor. Aman más este concepto, que a su novio.

Los grupos son la solución número uno para superar esta adicción. Saber que no eres la única, y que los demás te entienden y te apoyan, es lo que facilita salir de esta situación.

Hay cinco síntomas que padecen las love addicts. En primer lugar, están sobrecargadas. No paran en todo el día: trabajan de más, se preocupan de más… Además, en muchas ocasiones padecen depresión, sufrimiento o cansancio crónico. Tienden a ser el hombro en el que llorar; intentan resolver los problemas de los demás. Se enferman a causa de la relación sentimental en la que se encuentran y, por último, se ponen en una posición de víctima.

Su búsqueda por el príncipe azul es eterna. Sueña con el día en el que un hombre se arrodille ante ella con un anillo de diamantes y le proponga un futuro de felicidad, llora por las noches en la misma cama en la que él duerme porque sueña con la felicidad que no siente junto a él. Pero sin él, piensa, sería más infeliz.

IMÁGENES: Reflexionesdiarias, Terra.com.mx, 4bodas.com.

Por Irene Solaz Velázquez

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Decidir o no decidir, ¿ésta es la cuestión?


Decidir¿Estar mal nos impide hacer las cosas bien?

¿Sólo cuando estamos bien podemos hacer cosas que valen la pena?

¿Debemos resolver todas nuestras dudas antes de tomar una decisión?

¿Debemos actuar sólo cuando está todo bajo control?

Estas preguntas son políticamente incorrectas. ¿Por qué? Pues porque, aparentemente, las respuestas son de sentido común, simples y claras, por tanto no tiene sentido plantearlas.

Todo el mundo lo dice. En la publicidad, en las películas, en las series de televisión. Hay que estar bien para tomar decisiones, para hacer algo que valga la pena, para actuar con criterio.

Todos hemos oído frases como “me sentía angustiado y no tomé ninguna decisión”, “tenía  dudas y decidí postergar el asunto”, “me sentía tan triste que no me atreví a hacer nada”.

Y al escucharlas probablemente hemos aprobado la decisión de nuestro interlocutor. Claro, cómo iba a decidir nada el pobre si estaba tan mal.

Ahora bien, si repasamos las frases atentamente nos podemos dar cuenta que en todas ellas hay dos partes.

En la primera se manifiesta un sentimiento (me sentía angustiado, tenía dudas, me sentía triste) y la segunda parte se expresa una decisión.

De acuerdo, es una decisión en negativo, una decisión de no hacer nada, pero igualmente es una decisión.

Es decir, sobre ese asunto del cual teníamos dudas, sentíamos tristeza o nos angustiaba, tomamos la decisión de no hacer nada hasta sentirnos mejor, lo cual fue una decisión probablemente importante que afectó al desarrollo del problema.

Bien, llegados a este punto y continuando con la línea políticamente incorrecta, planteo abiertamente si es posible no tomar alguna decisión.

En realidad, decidimos continuamente, en este momento puedo decidir seguir escribiendo o dejarlo para más tarde o para nunca más. De la misma manera que usted, lectora, está decidiendo  si continúa leyendo o no (preferiría que continuase…  aunque es su decisión).

¿Por qué, entonces, esa necesidad de aparentar  que podemos no decidir cuando realmente, eso es imposible, como se acaba de demostrar?

Antes de responder a esta pregunta, volvamos a las cuestiones con que iniciábamos el artículo.

Repasemos ahora las decisiones que han valido la pena en nuestra vida, tener un hijo, abandonar o continuar los estudios, dejar aquella pareja, y pensemos, ¿Realmente nos sentíamos bien cuando las tomamos? ¿Teníamos todas nuestra dudas resueltas? ¿Lo teníamos todo bajo control?

Probablemente no.

En alguna de estas decisiones quizá todavía ahora al cabo tanto tiempo aún no estamos seguros de haber tomado la decisión correcta o nos angustia el temor de habernos equivocado.

Sin embargo, tomamos la decisión porque nos parecía lo mejor en aquel momento.

Decidimos, simplemente. Como en todo momento en nuestras vidas, tomamos una decisión tras otra.

Podemos incluso ir más allá y pensar en cuando hemos sido realmente dichosos o lo eran a nuestro alrededor. ¿Era entonces fácil tomar una decisión? ¿Es fácil decirle a un niño que la fiesta ha terminado cuando él y nosotros lo estamos pasando tan bien? ¿Es fácil comunicar a un nuestra pareja que ahora que nos sentíamos tan a gusto debemos separarnos por una semana?

Claro que no, pero lo hacemos independientemente de si nos sentimos bien o mal.

Enlacemos ahora las dos partes del razonamiento

¿Por qué se hace tanto hincapié en nuestra cultura en que no se pueden tomar decisiones cuando uno se siente mal, si igualmente las tomamos aunque sea para postergar?

Breve paréntesis.

¿Retrasar una decisión es la mejor opción? A veces sí y a veces no, claro, como en todas las decisiones. Y como casi siempre no sabemos que hubiese pasado en caso de no postergar. O al contrario.

Fin del paréntesis y continuamos.

¿Por qué tiene tanto interés nuestra sociedad en resaltar que hay estar bien para hacer cosas?

Si le damos vuelta a estas preguntas podemos cuestionar:

Si las decisiones importantes de nuestra vida, como hemos analizado antes, las hemos tomado con dudas, angustia o incluso tristeza para qué seguir creyendo que estas emociones nos impiden actuar.

Quizá deberíamos plantearnos que lo que realmente dificulta nuestra toma de decisiones es la creencia que nuestro estado de ánimo invalida la capacidad para decidir.

Joan M. Badia
Psicólogo clínico
93 430 1290
ACTAD


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