Decidir o no decidir, ¿ésta es la cuestión?

Decidir¿Estar mal nos impide hacer las cosas bien?

¿Sólo cuando estamos bien podemos hacer cosas que valen la pena?

¿Debemos resolver todas nuestras dudas antes de tomar una decisión?

¿Debemos actuar sólo cuando está todo bajo control?

Estas preguntas son políticamente incorrectas. ¿Por qué? Pues porque, aparentemente, las respuestas son de sentido común, simples y claras, por tanto no tiene sentido plantearlas.

Todo el mundo lo dice. En la publicidad, en las películas, en las series de televisión. Hay que estar bien para tomar decisiones, para hacer algo que valga la pena, para actuar con criterio.

Todos hemos oído frases como “me sentía angustiado y no tomé ninguna decisión”, “tenía  dudas y decidí postergar el asunto”, “me sentía tan triste que no me atreví a hacer nada”.

Y al escucharlas probablemente hemos aprobado la decisión de nuestro interlocutor. Claro, cómo iba a decidir nada el pobre si estaba tan mal.

Ahora bien, si repasamos las frases atentamente nos podemos dar cuenta que en todas ellas hay dos partes.

En la primera se manifiesta un sentimiento (me sentía angustiado, tenía dudas, me sentía triste) y la segunda parte se expresa una decisión.

De acuerdo, es una decisión en negativo, una decisión de no hacer nada, pero igualmente es una decisión.

Es decir, sobre ese asunto del cual teníamos dudas, sentíamos tristeza o nos angustiaba, tomamos la decisión de no hacer nada hasta sentirnos mejor, lo cual fue una decisión probablemente importante que afectó al desarrollo del problema.

Bien, llegados a este punto y continuando con la línea políticamente incorrecta, planteo abiertamente si es posible no tomar alguna decisión.

En realidad, decidimos continuamente, en este momento puedo decidir seguir escribiendo o dejarlo para más tarde o para nunca más. De la misma manera que usted, lectora, está decidiendo  si continúa leyendo o no (preferiría que continuase…  aunque es su decisión).

¿Por qué, entonces, esa necesidad de aparentar  que podemos no decidir cuando realmente, eso es imposible, como se acaba de demostrar?

Antes de responder a esta pregunta, volvamos a las cuestiones con que iniciábamos el artículo.

Repasemos ahora las decisiones que han valido la pena en nuestra vida, tener un hijo, abandonar o continuar los estudios, dejar aquella pareja, y pensemos, ¿Realmente nos sentíamos bien cuando las tomamos? ¿Teníamos todas nuestra dudas resueltas? ¿Lo teníamos todo bajo control?

Probablemente no.

En alguna de estas decisiones quizá todavía ahora al cabo tanto tiempo aún no estamos seguros de haber tomado la decisión correcta o nos angustia el temor de habernos equivocado.

Sin embargo, tomamos la decisión porque nos parecía lo mejor en aquel momento.

Decidimos, simplemente. Como en todo momento en nuestras vidas, tomamos una decisión tras otra.

Podemos incluso ir más allá y pensar en cuando hemos sido realmente dichosos o lo eran a nuestro alrededor. ¿Era entonces fácil tomar una decisión? ¿Es fácil decirle a un niño que la fiesta ha terminado cuando él y nosotros lo estamos pasando tan bien? ¿Es fácil comunicar a un nuestra pareja que ahora que nos sentíamos tan a gusto debemos separarnos por una semana?

Claro que no, pero lo hacemos independientemente de si nos sentimos bien o mal.

Enlacemos ahora las dos partes del razonamiento

¿Por qué se hace tanto hincapié en nuestra cultura en que no se pueden tomar decisiones cuando uno se siente mal, si igualmente las tomamos aunque sea para postergar?

Breve paréntesis.

¿Retrasar una decisión es la mejor opción? A veces sí y a veces no, claro, como en todas las decisiones. Y como casi siempre no sabemos que hubiese pasado en caso de no postergar. O al contrario.

Fin del paréntesis y continuamos.

¿Por qué tiene tanto interés nuestra sociedad en resaltar que hay estar bien para hacer cosas?

Si le damos vuelta a estas preguntas podemos cuestionar:

Si las decisiones importantes de nuestra vida, como hemos analizado antes, las hemos tomado con dudas, angustia o incluso tristeza para qué seguir creyendo que estas emociones nos impiden actuar.

Quizá deberíamos plantearnos que lo que realmente dificulta nuestra toma de decisiones es la creencia que nuestro estado de ánimo invalida la capacidad para decidir.

Joan M. Badia
Psicólogo clínico
93 430 1290
ACTAD


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