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La obsesión por nuestra estética

Promociones en las peluquerías para un corte y peinado. Un descuento con cinco sesiones en centros de depilación láser. La opción entre depilación láser y fotodepilación. Cirugía estética para operarse la nariz, el pecho o quitarse varios kilos de más. Y en cualquier revista o pasarela verás a las chicas más delgadas del mundo. Todo indica que la obsesión por el físico ha llegado a un nivel extremo que afecta seriamente nuestra salud y que puede incluso llevarnos a la muerte.

La televisión nos trae en imagen a las celebrities más hermosas del mundo, y en programas tales como America’s Next Top Model se premian a las más guapas. Resulta imposible, por ende, no fijarnos en nuestra imagen y preocuparnos por mejorarla. Pero no existen inconvenientes en hacer ejercicio y cuidar nuestra dieta para no pasarnos el día entero consumiendo bollos y hamburguesas. Sin embargo…

La obsesión por estar tan delgadas como las supermodelos de la televisión o las cantantes modificadas en las revistas con el programa Photoshop pueden llevarnos a sufrir de anorexia, un trastorno de la alimentación en el que la persona adelgaza drásticamente a través del ayuno y se encuentra gorda a pesar de que es extremadamente delgada. Otro trastorno, la bulimia, es similar pero la diferencia es que el afectado come y posteriormente vomita.

Un trastorno muy diferente es el de la vigorexia, que provoca en la persona el deseo de realizar ejercicio continuamente para ganar más musculatura. Depresión, disfunción sexual, infertilidad, cáncer de próstata, son sólo algunas de las posibles consecuencias.

La cirugía estética trae consigo diversos problemas. Una cicatrización difícil, los problemas psicológicos o emocionales que ello conlleva, fiebre, infecciones, coágulos de sangre, hemorragias, y el médico también puede cometer algún error. Podemos llegar incluso a tener un resultado totalmente asimétrico. Los traumas psicológicos que todo esto acarrea pueden llegar a ser tremendos.

Como soluciones existen el plan de recuperación de peso, psicoterapia, medicación o incluso medidas hospitalarias. Y, sobre todo, amarnos a nosotros mismos.

IMÁGENES: rumbony.com, antxoa.com, exploralasalud.com

Por Irene Solaz Velázquez

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La tiranía del culto al cuerpo

La tiranía del culto al cuerpo

Libro La tiranía del culto al cuerpo Que le damos al cuerpo una importancia exacerbada, hasta el punto de olvidar quiénes somos y por qué tenemos un cuerpo, es más que evidente en un medio como este en el que hablamos a diario sobre cómo mejorar nuestra imagen.

Por ello, es bueno cada tanto reflexionar para tomar una perspectiva más amplia de lo que significa relacionarnos con nuestros cuerpos y con los de los demás de manera saludable. La tiranía del culto al cuerpo plantea esta reflexión nada frívola sobre un tema que nos incumbe a todas. Un libro profundo, que sabe cristalizar con maestría las experiencias clínicas y antropológicas que combinan la rigurosidad de los datos, con una narración cautivante que invita a continuar su lectura, pese a que por momentos la dureza de lo expuesto llegue a incomodar.

La psicoterapeuta Susie Orbach, una de las psicoanalistas más renombradas del Reino Unido, nos propone un recorrido por testimonios de personajes e historias tan distantes entre sí, pero que comparten la indeleble marca que deja en la cultura y en los individuos el exacerbado culto a la imagen corporal. De este modo, en el ensayo podemos encontrar la historia de una mujer que aprendió a controlar con desmesura su dieta para contrarestar los excesos de su infancia y adolescencia, plasmados en malos tratos físicos y psicológicos. También se narra la historia de un hombre inglés que, por circunstancias familiares, pasó gran parte de su niñez con una tribu africana, adoptando sus costumbres y luego teniendo que readaptar su forma de relacionarse con su cuerpo a su vuelta a su inglesa civilización natal, moldeado esa experiencia con no pocas dificultades para adecuarse a la vida urbana trabajando en una oficina, sintiendo la opresión de los protocolos indumentarios y recurriendo para ello a prácticas heterodoxas para su nuevo entorno. También el libro da cuenta de patologías extremas, tales como las de un grupo de personas que anhela ser amputadas –algunas inclusive logrando su cometido-, creyendo que de ese modo se sentirán mejor consigo mismas.

Pero sin llegar a los extremos, estas amputaciones parciales no son nada inusuales si tenemos en cuenta el creciente número de intervenciones estéticas que se realizan en todo el mundo. Todos los días, cantidades ingentes de individuos acuden a los quirófanos para extirpar lo que ellos consideran sobrantes en caderas, muslos, abdomen y otras zonas del cuerpo.

Pero Orbach va más allá. Para el que pensaba que se trata de otro ensayo feminista, La tiranía del culto al cuerpo sorprende poniendo de manifiesto el furor de este culto en mujeres y hombres por igual. Cirugía plástica: rinoplastias, implantes de pechos y todo tipo de intervenciones reductoras y modeladoras, tradicionalmente atribuidas al público femenino, se combinan hoy con el uso de esteroides, inyecciones de botox, implantes en pectorales, alargamiento de pene y el uso de todo tipo de drogas para mejorar el rendimiento sexual, como es el caso del Viagra.

Para finalizar, la autora propone un acercamiento realista para acabar con la explotación comercial de nuestros cuerpos. Concebir el cuerpo como el lugar que habitamos y no como un objeto que debemos modelar a gusto de las industrias y los medios de comunicación. En definitiva, dejar de frustrarse y torturarse para alcanzar los cánones  de belleza patológicamente idealizados de nuestra cultura, para aceptar y disfrutar de nuestro cuerpo, celebrando la diversidad.

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Decidir o no decidir, ¿ésta es la cuestión?

Decidir o no decidir, ¿ésta es la cuestión?

Decidir¿Estar mal nos impide hacer las cosas bien?

¿Sólo cuando estamos bien podemos hacer cosas que valen la pena?

¿Debemos resolver todas nuestras dudas antes de tomar una decisión?

¿Debemos actuar sólo cuando está todo bajo control?

Estas preguntas son políticamente incorrectas. ¿Por qué? Pues porque, aparentemente, las respuestas son de sentido común, simples y claras, por tanto no tiene sentido plantearlas.

Todo el mundo lo dice. En la publicidad, en las películas, en las series de televisión. Hay que estar bien para tomar decisiones, para hacer algo que valga la pena, para actuar con criterio.

Todos hemos oído frases como “me sentía angustiado y no tomé ninguna decisión”, “tenía  dudas y decidí postergar el asunto”, “me sentía tan triste que no me atreví a hacer nada”.

Y al escucharlas probablemente hemos aprobado la decisión de nuestro interlocutor. Claro, cómo iba a decidir nada el pobre si estaba tan mal.

Ahora bien, si repasamos las frases atentamente nos podemos dar cuenta que en todas ellas hay dos partes.

En la primera se manifiesta un sentimiento (me sentía angustiado, tenía dudas, me sentía triste) y la segunda parte se expresa una decisión.

De acuerdo, es una decisión en negativo, una decisión de no hacer nada, pero igualmente es una decisión.

Es decir, sobre ese asunto del cual teníamos dudas, sentíamos tristeza o nos angustiaba, tomamos la decisión de no hacer nada hasta sentirnos mejor, lo cual fue una decisión probablemente importante que afectó al desarrollo del problema.

Bien, llegados a este punto y continuando con la línea políticamente incorrecta, planteo abiertamente si es posible no tomar alguna decisión.

En realidad, decidimos continuamente, en este momento puedo decidir seguir escribiendo o dejarlo para más tarde o para nunca más. De la misma manera que usted, lectora, está decidiendo  si continúa leyendo o no (preferiría que continuase…  aunque es su decisión).

¿Por qué, entonces, esa necesidad de aparentar  que podemos no decidir cuando realmente, eso es imposible, como se acaba de demostrar?

Antes de responder a esta pregunta, volvamos a las cuestiones con que iniciábamos el artículo.

Repasemos ahora las decisiones que han valido la pena en nuestra vida, tener un hijo, abandonar o continuar los estudios, dejar aquella pareja, y pensemos, ¿Realmente nos sentíamos bien cuando las tomamos? ¿Teníamos todas nuestra dudas resueltas? ¿Lo teníamos todo bajo control?

Probablemente no.

En alguna de estas decisiones quizá todavía ahora al cabo tanto tiempo aún no estamos seguros de haber tomado la decisión correcta o nos angustia el temor de habernos equivocado.

Sin embargo, tomamos la decisión porque nos parecía lo mejor en aquel momento.

Decidimos, simplemente. Como en todo momento en nuestras vidas, tomamos una decisión tras otra.

Podemos incluso ir más allá y pensar en cuando hemos sido realmente dichosos o lo eran a nuestro alrededor. ¿Era entonces fácil tomar una decisión? ¿Es fácil decirle a un niño que la fiesta ha terminado cuando él y nosotros lo estamos pasando tan bien? ¿Es fácil comunicar a un nuestra pareja que ahora que nos sentíamos tan a gusto debemos separarnos por una semana?

Claro que no, pero lo hacemos independientemente de si nos sentimos bien o mal.

Enlacemos ahora las dos partes del razonamiento

¿Por qué se hace tanto hincapié en nuestra cultura en que no se pueden tomar decisiones cuando uno se siente mal, si igualmente las tomamos aunque sea para postergar?

Breve paréntesis.

¿Retrasar una decisión es la mejor opción? A veces sí y a veces no, claro, como en todas las decisiones. Y como casi siempre no sabemos que hubiese pasado en caso de no postergar. O al contrario.

Fin del paréntesis y continuamos.

¿Por qué tiene tanto interés nuestra sociedad en resaltar que hay estar bien para hacer cosas?

Si le damos vuelta a estas preguntas podemos cuestionar:

Si las decisiones importantes de nuestra vida, como hemos analizado antes, las hemos tomado con dudas, angustia o incluso tristeza para qué seguir creyendo que estas emociones nos impiden actuar.

Quizá deberíamos plantearnos que lo que realmente dificulta nuestra toma de decisiones es la creencia que nuestro estado de ánimo invalida la capacidad para decidir.

Joan M. Badia
Psicólogo clínico
93 430 1290
ACTAD


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Test de ansiedad

Test de ansiedad

Los tests de ansiedad, y los tests psicológicos en general, facilitan el diagnóstico a través de la descripción e identificación de los síntomas.  Estos tests están validados clínicamente mediante la comparación de casos de un amplio grupo de personas que presenta diversa sintomatología ansiosa. De esta forma se logra dilucidar si lo que se siente es parte de la ansiedad normal que todos tenemos –y necesitamos- en nuestro quehacer diario, o si, por el contrario, estamos padeciendo un trastorno de ansiedad y necesitaremos ayuda para superarlo. Existen muchos trastornos de ansiedad como el Trastorno de pánico y la agorafobiael trastorno obsesivo que necesitan de asistencia psicológica y no deberían ser confundidos con un estado puntual de ansiedad justificado.

Cómo hacer el test de ansiedad

Al no tener acceso directo a lo que pasa en nuestro cuerpo y mucho menos por nuestra cabeza, los tests son un intento por descubrir, de una manera estructurada, qué es lo que nos aqueja. Por ello, siempre que se haga un test psicológico es fundamental tener en cuenta algunas cuestiones. Primero, es importante ser honestos y no responder lo que nos gustaría que sucediera, sino lo que realmente está pasando, aunque la respuesta nos incomode. Segundo, hay que leer las preguntas con el debido detenimiento para comprenderlas, nadie nos apura. Y por último, y pese a lo que acabamos de mencionar, hay que detenerse en cada pregunta sólo para ser comprendida pero no cabe analizar en profundidad cada una de ellas. La espontaneidad en este tipo de test es muy importante, por ello, trata de responder de la forma más natural y sincera posible.

Este test de ansiedad, denominado la Escala Hamilton de la Ansiedad, es una buena forma de comenzar a tener un baremo de nuestros síntomas ansiosos. La escala presenta 14 preguntas a las que hay que responder asignándoles un valor del 0 al 4, siendo 0 ausencia de ansiedad y 4 la intensidad máxima de ansiedad o ansiedad invalidante.

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Obsesiones: cuando la solución es el problema

Obsesiones: cuando la solución es el problema

Quién no ha comprobado varias veces si la puerta queda bien cerrada aún sabiendo  a ciencia cierta que la ha cerrado correctamente… pero así está uno más seguro?

Quién no ha echado una última ojeada antes de salir de una habitación… para quedar más tranquilo de no olvida nada?

Quién no realiza una serie de comportamientos en algún momento del día, siempre los mismos y con el mismo orden… y si algún día no los puede realizar en ese orden siente una cierta sensación de desasosiego?

Quién no ha tenido pensamientos aberrantes o raros (para uno mismo) y desearía que jamás se supiesen o se hiciesen realidad y que para contrarrestarlos hay que realizar una serie de comportamientos o pensar algo que tranquilice?

¿Quién no tiene alguna creencia que está tan arraigada que difícilmente puede ser convencido de lo contrario y no sabe renunciar a ella aún sabiendo que es pura superstición pero la sigue manteniendo porque de lo contrario se sentiría mal?

Posiblemente todos nos identificamos con alguno de los comportamientos mencionados. Para la mayoría de las personas son simplemente manías, costumbres, etc. más o menos confesables que no distorsionan para nada el transcurrir de la vida de cada uno.

Sin embargo para algunas personas estos comportamientos y otros muchos más pueden llegar a ser el origen del principal problema de sus vidas.

¿Qué es una obsesión?

¿Cómo se desarrolla el proceso que se inicia con una banal costumbre o manía y puede llegar a desembocar en un comportamiento obsesivo?

Para ello revisaremos los ejemplos mostrados al principio y vemos que cada uno de ellos tiene dos partes:

La primera parte enuncia un comportamiento relacionado con controlar, vigilar o comprobar, y la segunda parte plantea su utilidad, es decir, para qué sirve este pensamiento.

Para entender un poco más a que nos referimos con la expresión de utilidad de los pensamientos vamos a darles la vuelta  y entonces nos encontramos con lo siguiente:

Si no comprobamos, resulta que no quedamos totalmente seguros de que hemos cerrado la puerta o no se olvida nada.

Si se nos escapase un pensamiento aberrante o raro y llegase a hacerse realidad, es decir, si lo decimos en voz alta, creemos que quedaremos en ridículo o que seremos criticados o sentiremos que hemos faltado a nuestras creencias.

Por tanto, la utilidad de todos estos comportamientos es reducir el malestar ocasionado al no poder estar totalmente seguros de que no se nos olvida algo, de no poder controlar absolutamente nuestros pensamientos, etc.

Dicho en otras palabras el malestar por no poder reducir a cero la probabilidad del error.

Repetición obsesiva

Se ha mencionado el término probabilidad para hacer notar que nuestras decisiones, nuestros actos tenemos sólo la probabilidad, nunca la seguridad completa de lograr nuestro objetivo.

Ahora bien, ¿Y si en alguno momento, para estar más seguros, probamos con repetir varias veces esos comportamientos?

Está claro que si echamos tres ojeadas antes de partir es menos probable que olvidemos alguna cosa que si sólo echamos una ojeada.

Pero, si echar tres ojeadas nos hace estar más seguros que si sólo echamos una, ¿porqué no mirar cinco veces? ¿Y qué tal con diez?

Si aumenta el temor de que suceda lo que no deseamos, el control sobre nuestros comportamientos también debe incrementarse y ahí se inicia la espiral del control para reducir el miedo al descontrol.

A partir de ese momento es cuando el comportamiento puede llegar a perder su utilidad inicial, ya que no se llevaría a cabo para reducir la probabilidad de perder, olvidar, etc. sino simplemente para reducir el malestar generado por no realizar el ritual.

¿Cómo evitar las obsesiones?

Qué hacer, entonces, para evitar entrar en una espiral como la mencionada?

Como casi siempre la prevención es la mejor consejera.

Para ello podemos seguir varios pasos:

1. Identificar cuáles de nuestros comportamientos son susceptibles de ser o de convertirse en obsesiones. Ya se mencionado que son comportamientos relacionados con controlar, vigilar, comprobar, etc.

2. Introducir cambios. Por ejemplo, si bien realizar algunas tareas en un determinado orden facilita su ejecución al hacer la prueba de introducir cambios en ese orden puede aparecer malestar o desasosiego.

Si existen comportamientos que, una vez identificados y después de haber intentado su modificación, son resistentes al cambio, sobre todo si éste no afecta a su utilidad, existe la probabilidad que sean de tipo obsesivo. Ante esta situación es conveniente la evaluación del problema por parte de un psicólogo que pueda determinar su alcance.

En el caso más probable de que a pesar de encontrarse uno muy apegado a sus manías, costumbres, etc. puede realmente cambiarlas y lo ha comprobado directamente, pues ningún problema, a seguir con ellas, que también son necesarias y convenientes, aunque ésto ya es otra historia para otro día…

Joan M. Badia
Psicólogo Clínico
93 430 1290
ACTAD

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Un psicólogo para mi hijo

Un psicólogo para mi hijo

¿Necesita mi hijo un psicólogo? Esta es una pregunta que se repiten año a año madres y padres preocupados por el bienestar de sus niños. Es habitual que sea un profesor quien alerte a la familia de que algo no anda bien. Problemas de conducta y trastornos del aprendizaje, suelen estar entre las principales preocupaciones de padres y profesores.

¿Debemos hacer siempre lo recomendado por la profesora? ¿Qué hace una psicóloga infantil? Como madre ¿me tengo que sentir culpable?

Salir con Peques, el portal dedicado al ocio infantil y en familia, ha entrevistado a una madre y a una psicóloga para aclarar todas las dudas. Leer “Entrevista a una Mamá con niños revoltosos.”
Psicología Infantil en Barcelona
Instituto Klein
Tel. 93 552 6634

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¿Celos enfermizos?

¿Celos enfermizos?

celosLa mayoría de las personas que los han sufrido celos, describen a ese “monstruo de ojos verdes” como el sentimiento más doloroso que han experimentado jamás y aunque, por lo general, permanece dentro de nosotros y no cruza el límite hacia la acción violenta, nadie se da cuenta de hasta dónde puede llegar la fuerza destructiva de los celos.

Los celos residen en algún lugar entre la salud mental y la locura, aunque, en ocasiones, pueden ser tan excesivos que no es necesario ser un experto para calificarlos de patológicos.

Te preguntarás ¿dónde terminan los celos normales y empiezan los patológicos?, ¿dónde está el límite? Es importante diferenciar los que pueden ser “normales” de los “delirantes”. Los primeros tienen una base de amenaza real, mientras que los segundos persisten a pesar de no existir indicio alguno o probabilidad de peligro para una relación.

La mayoría de los profesionales con dedicación especializada hacia este problema coinciden en que los celos pueden variar en su nivel de patología que va desde los celos normales hasta los delirantes.

En este último caso, cuando una persona cree equivocadamente que su compañera/o sentimental no está siendo sincero, inicia una serie de acciones para encontrar evidencias que confirmen sus sospechas, llegando a conclusiones erróneas y obsesivas sobre acontecimientos u objetos que cree lo corroboran y, por supuesto, ni siquiera existen. Los celos se basan en el anhelo de poseer íntegramente al ser amado, al objeto de deseo y excluir todo rival. Los estudiosos del tema no han llegado a un consenso, aunque existen pistas que te ayudarán a reconocerlos:

  • La persona que siente este tipo de celos suele primero impedir por todos los medios a su alcance, que su pareja establezcan cualquier tipo de vínculo emocional con otros, incluso con la familia.
  • Su comportamiento es rígido y controlador.
  • Su deseo es poseer al ser amado ya que de lo contrario piensa que su vida será insoportable.

Por lo que:

  • Empezará a fiscalizar los movimientos y actividades de la pareja.
  • Controlará sus llamadas telefónicas, mensajes y correos electrónicos en busca de “pistas”
  • Investigará incluso en sus pertenencias personales.
  • Sospechará cada vez que la pareja hable con alguien del sexo contrario o considere que se le presta demasiada atención.
  • Sentirá un miedo incontrolable a perder a su compañera/o.

Este sentimiento suele ir acompañado de una fuerte inseguridad y baja autoestima que puede incluso derivar en hostilidad en algunos momentos y depresión en otros. La persona necesita imperiosamente saberse destinatario del amor del otro.

En las mujeres:

Los celos son una emoción instintiva que surge con mayor frecuencia en mujeres cuando no se sienten lo suficientemente dignas de conservar un afecto o respeto por sus propios méritos.
A menudo la falta de autoestima origina este tipo de emociones y las limitaciones que implica hacia relaciones en general y hacia la pareja que van a dañar más que a protegerlas.

En los hombres:

Los celos tienen que ver con la posesión, con aquello que se siente como personal y privativo, del mismo modo que una persona se relaciona con sus propiedades o sus adquisiciones materiales. El pensamiento de que la persona puede escapar de nuestra influencia y de nuestro lado para irse con un mejor postor.

La infidelidad de la mujer es para el hombre un temor atávico que es anterior a ganarse su confianza y que, según algunos entendidos, podría  asentarse en la incertidumbre de su transmisión genética y el interés enfermizo por los otros como proyección.

Hazte estas preguntas y contéstalas con sinceridad:

  1. ¿Te sientes celosa de absolutamente todas las personas que se acercan a tu compañero?
  1. ¿Ese sentimiento se presenta cuando piensas que quizá la pareja le está prestando demasiada atención?
  1. ¿Te molesta que tu pareja mencione a alguien aunque no se vean justificados ninguno de estos sentimientos?
  1. ¿Te comparas constantemente con otras mujeres?

Tus respuestas te proporcionarán las razones y las causas. Si no son razonables, ahí ocurre algo y debes trabajarlo.

¿Cómo puedo controlar este sentimiento?

Si reconoces estos signos, haz un examen de las raíces de estos sentimientos y te será más fácil controlarlos y cambiar tu comportamiento. El enfrentamiento con experiencias emocionales difíciles siempre nos ayuda a crecer como persona y a comprender el complicado mundo de nuestras relaciones y de la pareja.

¿Hacemos un ejercicio práctico?

  • Trata de recordar el momento en que conociste a tu pareja y el sentimiento que experimentaste.
  • ¿Qué fue lo primero que captó tu atención?
  • ¿Qué fue lo que te hizo pensar (en aquel momento y tiempo después) que te hallabas ante la persona con la que querías pasar el resto de tu vida?
  • ¿Qué te aportó esa relación?:
    • ¿Un sentimiento de seguridad?,
    • ¿ser respetada y escuchada?
    • o ¿sentirte deseada y amada?

Ahora, pasa al presente y considera cuál es el componente básico de tus celos (el pensamiento más doloroso que acude a tu mente: sentirte abandonada, excluida, humillada, vergüenza, pérdida de estabilidad emocional o social, de autoestima, etc.)

Una vez identificada la base de tus celos, debes preguntarte por qué respondes de la manera en que lo haces. ¿Estás sensibilizada hacia ese asunto en particular o experimentas una amenaza real de pérdida de la relación? Después de clarificar qué experimentas y por qué, puedes empezar a examinar tus opciones. Algunas de ellas pueden ser:

  • Mejorar tu imagen para sentirte bien contigo misma y adquirir seguridad
  • Vigilar tu autoestima
  • Educar y controlar tus emociones
  • Valorar y cuidar tus amistades

Algunas personas intentan evitar a la persona de la que están celosas o bien analizar de nuevo la situación: qué está pasando, qué lo originó y por qué le está afectando. Evitar nunca es bueno.

Otras se sienten críticos contra sí mismos por el hecho de estar celosos e intentan encontrar razones para dejar de estarlo. Sólo consiguen confusión.

Los hay que intentarán devaluar la relación mediante el pensamiento de que “no vale la pena”, con lo cual sólo conseguirán que la decisión se  le vuelva en contra y cause  decepción.

Quizá la mejor forma es la de comunicar el sentimiento, tarea nada fácil para algunos pero que ayudará a reducir su intensidad. Si resulta, además de mejorar la relación en la mayoría de los casos hará que ésta crezca y facilitará un cambio en la forma en que se percibe el comportamiento de los demás. Al comunicar el sentimiento de una forma constructiva verás que las otras personas lo entienden y, a menudo, generará una relación de empatía contigo y te ofrecerán una gran sensación de alivio. Incluso pueden cambiar su conducta hacia ti para ayudarte a no sentirte celosa nunca más.

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Crisis de pánico: preguntas frecuentes

Crisis de pánico: preguntas frecuentes

"Despersonalizada" Fotógrafa Marta Arranz

"Despersonalizada" Fotógrafa Marta Arranz

 

 

1.- ¿ Qué es una crisis de pánico?

 Las crisis de pánico son períodos de miedo o malestar intenso en los que al menos cuatro de los siguientes síntomas aparecen súbitamente y alcanzan gran intensidad en los diez minutos que siguen al comienzo del ataque:

-          Taquicardia., sudoración, sensación de ahogo, mareo, sofoco, temblores, náuseas, hormigueo, despersonalización (sentirse fuera de uno mismo), sensación de irrealidad, escalofríos o acaloramientos, miedo a perder el control, a estar sólo, a volverse loco o a morir.

2.- ¿ Con qué frecuencia pueden aparecer las crisis de pánico?

a)      De manera inesperada: la persona no relaciona la crisis con ningún desencadenante situacional claro. Ej. De repente cruzando una calle.

b)      Determinados por la situación: Las crisis aparecen cuando la persona se expone o anticipa una situación o estímulo desencadenante. Ej. En un ascensor, ante un perro, ante la sangre,…

c)      Predispuestos situacionales: Son situaciones en las que son más frecuentes que se den las crisis, pero no están totalmente asociadas a éstas. Ej. En el supermercado, en el autobús….

 

3.- ¿ Cuál es el perfil de personalidad de las personas que padecen crisis de pánico?

     Es más frecuente en mujeres que en hombres (2:1), y aunque las edades varían mucho acostumbra a darse más entre los 18 y 40 años.

     Acostumbra a darse en personas con un rasgo marcado de ansiedad, tendencia a preocuparse excesivamente, que presentan dificultad en expresar sus derechos o les cuesta decir que no, que les cuesta valorarse y con pocas estrategias para afrontar el estrés.

4.- ¿Cuáles son las causas?

Los motivos por los cuales una persona llega a padecer crisis de ansiedad son varios y normalmente están relacionados entre sí:

-          Acontecimientos estresantes de vida, por ejemplo pérdida de trabajo, duelo por un familiar, aborto, separación, conflicto interpersonal, etc.

-          Experiencia traumática directa en situaciones temidas (accidente, atraco, desmayo) u observación de la experiencia de otra persona.

-          Características personales: mayor vulnerabilidad al estrés, falta de asertividad, etc.

-          Factores biológicos: cambios hormonales, predisposición a tener sensaciones corporales más intensas, frecuentes y/o duraderas.

-          Factores médicos, por ejemplo problemas del tiroides, asma, hipoglucemia.

-          Otros factores: consumo de drogas, ingestión de excitantes, fatiga, insomnio crónico, calor.

    Independientemente de cómo empezó el problema;  cuando una persona desarrolla una crisis de pánico, el propio miedo a volver a experimentarla en un futuro y la preocupación que le genera  ya es un motivo para empezar el bucle del “ miedo al miedo

5.- ¿ Cuál es el tratamiento más adecuado?

  De cara a manejar   las crisis de pánico y reducir así la sintomatología, el primer paso es lo que se conoce como terapia cognitivo-conductual. El objetivo es que la persona aprenda recursos para aprender a controlar la ansiedad. Entre las diferentes técnicas se suele aplicar: reeducación de la ansiedad,  técnicas de respiración controlada, relajación, control de pensamientos negativos, etc.

Por otra parte, en la terapia psicológica se profundiza en que pautas y actitudes debe cambiar la persona para no seguir generando esas crisis, como averiguar que conflicto/s personales e interpersonales no resueltos,  las producen y ayudan a cronificarlas. 

Tratamiento Crisis de Pánico en Barcelona
Psicólogos clínicos especializados en
Trastornos de ansiedad.

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